Entrevista sobre el envejecimiento: “Que sepan que estoy en otra etapa, pero que estoy viva”

Entrevistamos a Carmen, una anciana de 89 años, quien con su testimonio contribuye a que nos metamos en la piel de una persona mayor que va perdiendo parte de sus sentidos de forma progresiva: el de la vista, el oído, un poco de memoria, movilidad… para que podamos entender a nuestros mayores y, por consiguiente, tratarles de forma adecuada a su condición y pérdida de facultades, a veces físicas, a veces mentales… y, en algunos casos, ambas.

Aunque nuestra interlocutora sufre párkinson y una leve demencia asociada, sigue expresándose bien, igual que lo hizo durante toda su vida. Ha perdido audición y vista, y también movilidad como consecuencia de la deformación de los pies y rodillas y el párkinson, por lo que, desde hace cinco años, la silla de ruedas se ha convertido en sus piernas. Y su cuidadora, en sus manos… en sus ojos, en su “todo”.

Para afrontar el envejecimiento es necesario conocer la realidad de nuestros mayores, lo que piensan y sienten, sus preocupaciones y miedos, lo que llevaría a una mejor comprensión de esta etapa de la vida, a un mayor respeto y, especialmente, a desterrar algunos estereotipos asociados, pues, en muchos casos, la vejez se asocia a aspectos negativos, como las enfermedades, la pérdida de movilidad, el cambio de apariencia, las arrugas y, en general, el deterioro de su estado de salud.

Asimismo, debemos entender el envejecimiento como una etapa más de la vida, rescatando los valores que encarnan los mayores, como la serenidad, la experiencia, el respeto… reconociendo también que esta etapa lleva consigo pérdidas significativas e irreversibles.

 

Para muchos de nuestros ancianos, uno de los aspectos que frena su avance social es la falta de independencia motivada, principalmente, por la pérdida de movilidad.

 

Nos cuenta Carmen que la jubilación supuso para ella la antesala de la vejez por la pérdida de ilusiones: “Ya no me vestía igual, y las expectativas y ganas de viajar, ir al cine, al teatro, salir… que tenía cuando trabajaba y no tenía tiempo, me di cuenta de que no las estaba realizando y eso me entristecía. Cuando tuve que dejar de trabajar, sentí que ya no servía para nada; mi trabajo era lo mejor. Fui muy feliz durante todos los años que trabajé, que fueron muchos, y hubiera continuado haciéndolo de no ser por mi operación, que me usurpó mucha movilidad. Al principio, caminaba con la ayuda de un bastón, pero después ya no pude”.

La protagonista de nuestra historia nos comenta que empezó a tomar conciencia de que era “mayor” por el comportamiento de los demás hacia ella: “Cuando ves que la gente te habla más alto, como si fueras sorda, y más despacio como si fueras tonta, es cuando te das cuenta que te ven una anciana”.

Otro de los temores que aterra a nuestros mayores es la pérdida de sociabilidad y el aislamiento que pueden sentir. Sociabilidad con los de su edad y con el resto de las personas. El no sociabilizar y aislarse puede convertirse en un factor clave de exclusión social, que vendría a sumarse a otros problemas inherentes a este grupo de edad ya presentes en nuestra sociedad. Es muy importante facilitar la comunicación de los mayores, pues, de lo contrario, se sienten solos y arrinconados.

“Unos años después de jubilarme, me di cuenta de que era importante comunicarse con personas de mi edad y empecé a acudir a centros de mayores. Estuve yendo durante cinco años a clases de Historia y a otras actividades. Es necesario para mí salir a la calle todos los días, porque me lo pide el cuerpo, no puedo estar sin salir. En el parque al que voy todos los días hay gente muy retraída: les cuesta hablar y parece que no quieren relacionarse y que les molesten, pero yo hablo con todos. También hablo por teléfono con algunas amigas, y me gusta mucho que venga a visitarme mi familia. Yo tengo la suerte de que me siento muy querida; por la calle todo el mundo se para a saludarme y a hablar conmigo. Hace poco me han llevado a visitar a mi hermana a Cieza, en Murcia, y hemos cantado y bailado”.

Por otra parte, nuestros mayores perciben que no se les toma en cuenta, que sus ideas están desfasadas, que son menos protagonistas. “Siento que a veces sobro, que mis puntos de vista no interesan a nadie y menos, a los más jóvenes. Creo que los demás no saben ver los problemas ni los agobios que tenemos cuando no podemos desenvolvernos y, cuando lo contamos, no nos hacen caso o no nos quieren entender. También pienso que se ha perdido el respeto por los mayores. Hoy en día a los niños no les educan para que nos toleren, mientras que antes se respetaba al anciano y se le tenía mucho mejor considerado y valorado social y familiarmente, por ejemplo, siempre te cedían el asiento en el autobús o en el metro, mientras que ahora parece que les cuesta”.

En este sentido, es de vital importancia aportar valor a lo que fue la persona en su vida. Y esto puede verse debilitado o no reconocido. Las reminiscencias, las memorias, cumplen esta función de dar valor a la existencia recuperando aquello que uno ha sido en otras etapas. Aprovechar el conocimiento y la experiencia de las personas mayores para el conjunto de la sociedad continúa siendo una tarea social muy poco desarrollada e incluso menospreciada.

A nuestros mayores les gusta que les pregunten por su juventud, a qué se dedicaron, cómo se divertían… contar  sus hazañas y sus logros.

A Carmen, como a cualquier persona mayor, si le se le da rienda suelta, le encanta hablar de su pasado, de sus vivencias y éxitos. Los recuerdos, tan presentes en los mayores, deben tenerse en cuenta. Igual que su experiencia de la vida, pues “el paso de los años nos aporta una experiencia y una sabiduría que no se pueden adquirir de otra forma”, afirma.

Nuestra protagonista fue una mujer de cierto prestigio en los círculos de la moda infantil madrileña e internacional. Vivió seis años en Caracas, en los años sesenta, donde trabajó en una tienda de ropa infantil muy conocida. En Madrid se dedicó a la misma actividad, lo que le permitía hacer viajes a París, Londres, Barcelona, Valencia. Viajó por casi toda Europa a veces por motivos comerciales y otras, como invitada a las pasarelas de moda del momento. “He sido reconocida por mi trabajo, por mi tesón. En esos viajes conocí a mucha gente y me sentí muy querida y valorada, y me lo han agradecido de muchas maneras”.

También narra, como si fuera ayer, cuando tuvo que emigrar a Venezuela, y canturrea el estribillo de El emigrante:

Adiós mi España querida,

dentro de mi alma

te llevo metida.

Y aunque soy un emigrante

jamás en la vida

yo podré olvidarte.

“Nos cantaban esa canción para despedirnos y todos llorábamos en el barco, los que nos íbamos y los que se quedaban”, rememora con lágrimas en los ojos.

Nuestros mayores perciben que no se les toma en cuenta, que sus ideas están desfasadas, que son menos protagonistas.

 

La pérdida de autonomía y movilidad

Para nuestra interlocutora, al igual que para otros en su misma situación, lo que ha frenado su avance social ha sido la falta de independencia motivada por la pérdida de movilidad, al tener que supeditarse a una silla de ruedas. “Cuando voy por la calle, me conocen como la señora de la silla (ríe). Es cómoda la silla –explica– pero si te acostumbras a ella, después ya no vas a poder dar un paso”.

Temor a la soledad y a estar indefensos

El miedo a estar solos e indefensos durante los últimos años de la vida es una constante en los mayores, sobre todo, los dependientes. Es frecuente que algunos ancianos puedan llegar a sentirse muy solos. El motivo es que no tienen familia, o sí la tienen, pero sus familiares actúan con indiferencia, lo que muchas veces es todavía peor. La soledad también puede surgir por los miedos y las inseguridades propias de la edad, o a causa de enfermedades crónicas que disminuyen su calidad de vida o les impiden desenvolverse por sí mismos.

“Me ha cambiado mucho la vida, necesito una persona para hacer todo, y si no está, es como quedarme abandonada, porque pienso que no voy a poder desenvolverme. Un día me perdí en un centro comercial y sentí pánico”, explica.

Miedo a la muerte y duelo por pérdida de seres queridos

No tiene miedo a morirse. Carmen opina que la vejez no debería ser tan larga. “A veces me quiero morir. Cuando tenía ochenta años estaba bien, iba solo con un bastón… pero ya he visto el mundo, he visto todo, no puedo comer como antes, ni viajar…”.

La pérdida de familiares y amigos también hace mella en los mayores. Las pérdidas de hermanos, cónyuge, amigos, pueden hacer que su mundo emocional se vea destrozado y toda su vida cotidiana cambie en tan solo un instante. Un cambio más profundo y complejo se gesta en el interior del doliente mayor… Angustia, enojo, tristeza profunda, incertidumbre, soledad, pérdida de identidad y autoestima son algunas de las emociones que puede sufrir el anciano en los momentos de pérdida de seres queridos.

“Cuando se murió mi hermana fue tan impactante, que a los pocos días me quedé sin andar. Mi hermana era muy importante para mí, la quería muchísimo, y aunque te dicen que la vida sigue y que hay que continuar el camino, ya no es igual sin ella”.

Carmen, nuestra protagonista, en un momento de la entrevista. 

Prevenir y pensar el futuro

Es necesario tener pensadas las alternativas cuando se produzcan situaciones de dependencia física o psíquica.

Carmen se lamenta de no haber adaptado su casa a las condiciones físicas en las que se encuentra ahora, por eso nos avisa y nos da diversos consejos:

“Nunca creí que iba a llegar a estar así y no he adaptado mi casa para mi comodidad. Por ejemplo, no alcanzo a abrir las puertas porque los picaportes están muy altos. No puedo colocar la ropa en los estantes por lo mismo. Tenía que haber hecho gimnasia en vez de quedarme en la silla. Que no te pille desprevenida la vejez: tenemos que pensar, cuando tenemos menos años, en cuando seamos mayores porque muchas cosas no las vamos a poder hacer”.

No hay que perder la dignidad. Es preciso arreglarse y ser “coqueto” 

Algunos ancianos descuidan sus hábitos de higiene, tanto con su cuerpo como con su ropa, dejan adquirir artículos para vestir nuevos, adecuados para su edad y estación porque entran en tal estado de apatía, que no les importa su aspecto físico. No es el caso de nuestra protagonista, a quien le gusta “sentirse bien y que la vean guapa”. Por eso se arregla para salir de paseo o cuando va a su bar preferido, y acude todas las semanas a la peluquería. También le gusta estrenar ropa nueva porque se siente bien consigo misma.

A través de esta entrevista, Carmen tiene la oportunidad de explicar a nuestros lectores que la vejez es otra etapa, la última de la vida, y que por ello “habría que prestar más atención a los mayores, por ejemplo, con más centros adecuados, otro tipo de autobuses urbanos adaptados, que hagan que nos podamos mover mejor. Pero lo que quiero es que sepan que estoy viva, en otra etapa, pero viva; que entiendan que tengo otros gustos, otra música…”.

Conclusiones y consejos

Saberse situar con respecto a la propia vejez de una manera positiva conlleva que, tanto los mayores como los demás, entendamos y pongamos en práctica estos aspectos:

Aceptación de la vejez como una etapa positiva

  • El conocimiento, la experiencia, la sabiduría como valores propios.
  • Transferir esta sabiduría a través de las memorias, experiencias y consejos; de la producción propia y de la ayuda a los demás, lo que hace sentir a los mayores útiles y valorados.
  • La vivencia de esta etapa como una fase de desarrollo, en la que la persona ha de cultivar la ilusión para continuar aprendiendo y produciendo, si bien de una manera diferente.

Visión global, comprensiva y positiva del ciclo vital

Activar los recuerdos positivos y experiencias de la vida pasada.

Elaboración de los duelos y las pérdidas

  • Saber renunciar a aquello que por edad corresponde. En el ámbito social, la jubilación; en el ámbito personal, el envejecimiento del propio cuerpo; y en el ámbito relacional, la pérdida de personas próximas.
  • Aceptación serena del tema de la muerte como algo propio de la especie humana.
  • Evitar los traslados de domicilio involuntarios, forzados por otros.
  • Evitar situaciones conflictivas, tensiones, discusiones y disgustos.

Prevenir y pensar el futuro

Tener pensadas las alternativas cuando se produzcan situaciones de dependencia física o psíquica.