“El turismo solidario no es negativo porque también modifica tu conciencia, pero no es cooperación”

 ‘Chabi’ Salas es un joven que lleva años a sus espaldas haciendo carrera en la cooperación internacional a través de diferentes organizaciones y proyectos. Desde Marruecos hasta República Dominicana, Senegal, Polonia y Finlandia. Hoy repasamos con él su amplia trayectoria, y lo hacemos arrancando con una pregunta obligada: ¿de dónde surge el interés en hacer cooperación internacional en una persona tan joven? Este es su testimonio.


“Soy católico practicante y mis padres siempre han trabajado como voluntarios en muchos proyectos, por lo que en casa siempre lo he visto como algo normal. Mi primer voluntariado como tal fue en segundo de Bachillerato. Una amiga era boy-scout e iba por la tarde un día a la semana a un barrio marginal de Zaragoza, de población principalmente gitana, así que yo me decidía a acompañarla. Allí, para que los niños no estuviesen en la calle mientras sus padres trabajaban, los voluntarios les dábamos de merendar y también les ayudábamos con los deberes. En realidad dependía de las edades, porque también había algunos que todavía estaban empezando a ser escolarizados, otros más avanzados…

En primero de carrera comencé a hacer voluntariado en dos organizaciones distintas: una más de corte político, dentro de la gobernanza de la universidad, y otra vinculada a la administración de empresas (lo que yo estudié). Aquella organización buscaba prácticas en empresas españolas para extranjeros, y también enviaba a españoles al extranjero a hacer prácticas. El fin último, el más bello, era la integración cultural. Si tú eres capaz de irte a un país tan diferente como Turquía e integrarte en su cultura, su religión y su forma de vida, cuando regresas a España y compartes tu experiencia consigues cambiar el punto de vista de la gente que te rodea.

Los ‘otros’ dejan de ser ‘raros’ y pasan a ser simplemente otras personas que tienen otra cultura y otra forma de trabajar, pero los mismos sentimientos. Además de pasármelo muy bien, con mi experiencia allí aprendía competencias muy útiles. Con sólo 19 o 20 años manteníamos reuniones con directivos de las empresas a las que íbamos a mandar gente, hacíamos procesos de selección de candidatos y campañas de márketing, trabajábamos en inglés… Cosas que ahora parecen muy normales ¡pero que entonces no lo eran tanto! Y todo sin duro; con patrocinadores, claro, pero sin un duro.¡Sólo éramos una asociación de estudiantes! De allí sacamos liderazgo, conocimientos en gestión, autoconfianza… Cosas que a uno le sirven mucho.

Ahí nació mi interés por la internacionalidad. Cuando el Gobierno de Aragón sacó como cada año sus ofertas para participar en campos de trabajo vi que había opciones internacionales, por lo que me decidí, me hice la cola para anotarme y elegí como primer destino posible Marruecos. Allí me fui junto a otra chica pero, al llegar al campo de trabajo internacional, vimos que de 34 voluntarios sólo 6 éramos europeos, el resto eran nacionales. A pesar de todo, la experiencia fue muy chula por el nivel de integración cultural.

Estábamos allí para, a los mandos de una pequeña Ong francesa, construir los baños de una escuela rural a las afueras de una localidad de más o menos 5.000 habitantes. Los padres de los niños se escudaban hasta aquel momento en la falta de aseos para no mandar a sus hijos al colegio, así que, muy inteligentemente, la organización decidió construirlos para acabar con el problema. Como éramos tantos voluntarios para el trabajo terminamos dividiéndonos y, por grupos, también jugábamos con los niños y terminamos pintando la escuela por completo.

Aquella experiencia cambió para siempre mi vida. Era la primera vez que estaba en el extranjero y estaba inmerso en una integración total y absoluta, conociendo sus valores… Al regresar, además de seguir viajando por mi cuenta y seguir colaborando con las organizaciones en las que estaba, decidí que quería seguir participando en proyectos de ese tipo. Tanto que incluso llegué a alargar mi carrera un año para poder participar en mi último verano de estudios en otro convenio, en vez de preparar los exámenes finales de septiembre.

Me había surgido la oportunidad de irme a la República Dominicana a hacer un proyecto de cooperación para el desarrollo durante unos meses y no quise desperdiciarla. ¡Me costó, pero incluso mis padres terminaron entendiéndolo, pues sabían lo importante que era para mí! Se trataba de un proyecto denominado ‘Ciudades amigas de la infancia’, enmarcado en una iniciativa global de Naciones Unidas y comprometido a desarrollar iniciativas a favor de los niños. Dentro de él hay un programa llamado ‘Ayuntamientos juveniles’, que es en el que yo participé.

En el marco de éste, a todas aquellas personas entre 6 y 18 años se les “da” derecho a votar. Y todos aquellos entre 12 ó 13 (no recuerdo exactamente) y 18 años tienen derecho a presentarse a cargos de ese gobierno local. Lo que buscaban eran cinco cooperantes para ponerlo en marcha en cinco municipios distintos en los que todavía no se había hecho. Por su puesto, cada uno tenía sus singularidades. A mí por ejemplo me tocó una comunidad muy pobre con monocultivo de azúcar (industrial, para una multinacional) y con mucha población haitiana o descendientes de haitianos sin derecho a documento de identidad, lo cual era un problema añadido en una comunidad ya de por sí empobrecida. Mi labor consistía en mediar entre todos los agentes sociales que participaban del proceso (iglesias, profesores, organizaciones, protección civil, el propio Ayuntamiento…) para poder ponerlo en marcha correctamente.

El siguiente paso fue Polonia. Allí me fui con la organización de otro campo de trabajo internacional a colaborar en un museo en la limpieza de objetos que pertenecieron a víctimas exterminadas en la 2ª Guerra Mundial (el propio museo está en lo que fue un campo de exterminio). Simplemente limpiábamos los objetos guardados para después fotografiarlos e inventariarlos. A continuación, los que estaban en mejor estado se restauraban por profesionales para ampliar con ellos el museo.

La experiencia con aquella organización me gustó tanto que me convencí de que debía seguir repitiendo. Yo, que por cuestiones de trabajo vivía en Libia cuando estalló la Primavera Árabe, siempre he estado muy concienciado acerca de la situación que viven los refugiados. Por eso cuando me surgió la posibilidad de hacer un proyecto de cooperación en Finlandia con menores refugiados no me lo pensé dos veces. Acudí a dos centros gestionados por la Cruz Roja en los que se atendía a menores que habían entrado en el país de manera ilegal, en su mayoría de procedencia afgana e iraní. De hecho, muchos de ellos eran antiguos refugiados afganos en Irán que habían emprendido la marcha, bien motivados por sus padres, a los cuales puede que hubieran perdido por el camino, o bien solos. Los más afortunados tenían algún familiar en Europa que les podía enviar algo de dinero, pero eran los menos, por supuesto.

Como menores, no podían estar en centros de refugiados de adultos, y por eso se encontraban en estos centros especiales. Durante el curso tenían su tiempo bastante ocupado, entre las horas lectivas y el estudio de finlandés, pero durante el verano necesitaban monitores de tiempo libre que los mantuviese en activo y entretenidos en aquel lugar (además un poco alejado). Con ellos hicimos deporte, juegos, visitas culturales, concursos de cometas, actividades musicales… ¡todo tipo de cosas! Básicamente para alegrarles la existencia con los recursos de los que disponíamos cada uno (incluso en base a nuestros intereses y hobbies). Con lo que nos quedamos nosotros es con su ejemplo, ya que pese al verdadero dramón que estaban viviendo no perdían la sonrisa. Y yo estoy seguro de que los chavales también van a recordar aquella experiencia para siempre, y eso es algo muy bonito.

Finalmente, después de Finlandia tuve una experiencia en Senegal, pero no del todo positiva. Una compañera de trabajo me comentó la posibilidad de ir con ella y allí nos fuimos. El organizador de ese voluntariado en concreto lo vendía muy bien y, pese a que ella vio alguna opinión negativa al respecto, no le dio importancia. La idea que llevábamos era que iríamos a un orfanato a ayudar a menores (incluso si tienes conocimientos médicos se plantea la posibilidad de colaborar en centros sanitarios como practicante). No obstante, llegamos allí y enseguida nos dimos cuenta de que la cosa no iba a ser lo que parecía.

El alojamiento era en su propia casa, con su familia, lo que garantizaba la integración. Pero el supuesto orfanato resultó ser la guardería municipal donde trabaja una familiar suya. La experiencia podría haber sido muy enriquecedora para niños de verdad necesitados, pero aquellos niños ya estaban aprendiendo… Y lo peor es que, mientras nosotros estábamos allí, ellos no atendían a los niños, cuando nosotros ni somos pedagogos ni tenemos idea de dar clase. No es el único que caso de gente que a lo que en realidad se dedica es a ‘hacer caja’ con la solidaridad de los demás y tampoco fue una experiencia terrible ni mucho menos, pero eso no es un proyecto de desarrollo.

Desde mi punto de vista, hay una diferencia notable entre lo que es turismo solidario, voluntariado solidario y un proyecto de cooperación internacional para el desarrollo. Y lo explico con un ejemplo: Nepal. Tú puedes ir allí de viaje y, tal y como está el país, con pagarle al guía, al cocinero y al hostalero ya estás ayudando a través de un turismo solidario, destinando tu dinero a gente pobre que lo necesita.

Por el contrario, un voluntariado solidario es, además de hacerte tu propio viaje de turismo durante, pongamos por caso, un par de semanas, finalizar la estancia con unos días en un colegio nepalí enseñando a los niños, por ejemplo, inglés, ofimática, o incluso haciéndoles de mimo. También lo es aprovechar y recoger bolis, libretas y libros en tu barrio para llevarlos al destino. Eso es un voluntariado solidario.

Y un proyecto de cooperación al desarrollo, por su parte, es algo mucho más serio, institucionalizado y profesional, que pasa por evaluar y estudiar una situación problemática real (por ejemplo, se han derrumbado dos escuelas y hay X niños sin escolarizar) y darle una solución de calado (en este caso, recaudar fondos y buscar voluntarios para construir esa escuela) en un proyecto a largo plazo. Además, hay que asegurarse de que el proyecto se lleva a término, ya que la esencia de la cooperación es dar medios a los países desfavorecidos para que puedan continuar con su propio desarrollo.

El turismo solidario tampoco es negativo si está bien planteado, ya que te permite como miembro de una sociedad rica conocer el mundo ayudando económicamente al país de destino mientras todas esas experiencias provocan un cambio en tu conciencia que tú después trasladas a tu entorno.

Cualquier proyecto solidario bien planteado te hace cambiar de punto de vista y te hace mejor persona. Te das cuenta de cuántos de nuestras problemas no son en realidad problemas, y de que en el fondo lo único que somos es afortunados”.

“¿Y el futuro?”

“Actualmente sigo colaborando con las mismas organizaciones en España, aunque no tengo un billete de avión en el bolsillo de la mochila todavía. La vida sigue y los proyectos aparecen sobre la marcha. El año pasado conocí a una chica que había montado hace poco una pequeña Ong y que me propuso ir a un campo de refugiados en Grecia, pero no pude ir porque no tenía suficientes días de vacaciones… No obstante, el trabajo en Ong es continuo y también lo es el ir y venir de gente que conoces sin tregua, por lo que los proyectos aparecen a la vuelta de cualquier esquina”.