Tradición oral y medicina: algunos curiosos remedios de aquí y de allá

Todos los medicamentos han de probar su eficacia, es como debe ser, pero a lo largo de la historia han existido innumerables remedios curativos que han sido empleados para aliviar las dolencias y los malestares más comunes. Muchos de ellos se han transmitido oralmente de generación en generación, de padres a hijos. Mari Paz García Izquierdo conoce muchos de ellos. Esta maestra jubilada ha dedicado su vida a la enseñanza, a los niños, en España, Colombia y Guinea. Todo ello hace de Mari Paz una fuente de indiscutible valor para hablar sobre cómo la tradición oral, la transmisión de remedios entre vecinos y miembros de la comunidad, ha formado parte de la salud y la curación en la mayoría de hogares, sean del tipo que sean. Una mujer entrañable que a sus 86 años retiene en su memoria intensas vivencias y experiencias.

Mari Paz pasó su infancia en un pequeño pueblo burgalés que, a pesar de su pequeño tamaño, disponí­a de médico, pero donde también entre vecinos se compartí­an recetas milagrosas y curativas.

Sí­,  en el pueblo, a pesar de ser pequeño, tení­amos médico; quizás ahora no lo habrí­a, pero entonces habí­a un médico y un maestro, que era mi padre. Los vecinos siempre tenían algún remedio a mano cuando nos poní­amos enfermos. Recuerdo que mi madre cuando teníamos catarros fuertes nos poní­a una moneda de cobre en el pecho, un algodón, lo encendía y poní­a un vaso encima. Así­ se suponía que la mucosidad de los pulmones se secaba. Incluso alguna vez nos pidió que se lo hiciésemos a ella. También nos poní­an cebolla en las heridas infectadas. La cebolla se usaba mucho como remedio, y la miel con limón, sobre todo para los catarros y las enfermedades relacionadas con el invierno, eso en todo momento. Para la conjuntivitis, una llave frí­a en el párpado; y para la tos, cataplasmas con flor de Saúco que se calentaban en el hogar y se colocaban en la garganta. El mismo remedio valía para los golpes. Y si no habí­a flor de saúco, se utilizaba salvado. En fin, infinidad de remedios. Pero también es cierto que nosotros siempre recurrí­amos al médico si la cosa iba a más.

¿Recuerdas algún remedio o consejo que te asombre aún hoy en dí­a?

Algo que se me ha quedado grabado y que no olvidaré nunca es que cuando una mujer acababa de dar a luz, se nos pedí­a que buscásemos telarañas para ponérselas y evitar infecciones vaginales. Desde luego muy curioso, extraño. No sé si se daba este uso en otros lugares.

¿Crees que se siguen utilizando aún algunos de esos remedios?

Pues no lo sé, pero sí­ sé que hasta hace pocos años muchas personas de la zona acudían a un curandero en el que tenían mucha fe.

Posteriormente te trasladaste a Burgos, y fue allí­ donde estudiaste para maestra, y de donde partiste para tu primera experiencia en Colombia, ¿cómo fue ese primer viaje?

Nos trasladamos a Burgos cuando yo tení­a 10 años, mis hermanas eran mayores y en Burgos podí­amos estudiar. Todas nos hicimos maestras. Con una de ellas emprendí mi primer viaje a Colombia, a una comunidad de una isla del Amazonas llamada Ronda. También estuvimos en Leticia. Nosotras viajamos preparadas para evitar el paludismo, que era el principal riesgo allí­, tomábamos pastillas de quinina.

¿En la comunidad donde trabajabas también se medicaban para el paludismo?

Sí­, claro, cuando acudí­an con Paludismo tomaban las pastillas de quinina. Pero es cierto que ellos primero acudían a sus remedios tradicionales, sus curanderos. Tomaban todo tipo de hierbas, se hací­an emplastos… En las ocasiones en que acudían a la enfermera de nuestro centro era porque esos remedios no daban resultado.

Me llamaba y me llama la atención que eran comunidades muy unidas. Emocionalmente estaban conectadas. En una ocasión vino una madre con su bebé muy enfermo, un bebé de pocos meses. Ella no sabí­a qué hacer, nada le daba resultado. Estaba realmente enfermo y murió en nuestros brazos. Cuando la acompañamos a su comunidad, antes incluso de llegar, ya oí­amos los llantos y los gritos de sus vecinos. «Lloran por mi bebé», nos dijo. Nos quedamos sorprendidas porque, de alguna manera, alguien que no tuvo contacto con nosotros, alguien en la sombra, habí­a sido capaz de llevar las malas noticias.

¿Y cuáles eran las dolencias y enfermedades más presentes en esa región?

Además de paludismo, presentaban anemia tropical. Las afecciones por parásitos también eran muy comunes, las combatían con purgantes y remedios de hierbas. El agua solí­a estar contaminada, así­ que era una práctica normal hervirla durante al menos 10 minutos, pero aún así­ contraían muchas enfermedades por ese motivo. Otro tema era el de las picaduras. Además de las de los mosquitos, como iban descalzos, muchas picaduras las sufrí­an en los pies. Usaban repelentes que ellos mismos elaboraban, y recuerdo que solí­an funcionar bastante bien y que olían a colonia. Para las irritaciones de garganta hací­an gárgaras con sal de roca de la Catedral de Zipaquirá. Y para la tos, un remedio muy conocido aquí­: cebolla picada junto a la cama. En las heridas se echaban azúcar moreno para favorecer la regeneración de la carne, y para combatir el mal de altura tomaban infusión de hojas de coca.

Posteriormente, trabajaste como maestra en Guinea. ¿Cómo era vivir allí­?

Sí­, durante cuatro años, desde 1994 hasta 1998, estuve en una escuela de Malabo, y también en Bata. En Malabo tení­amos hospital y enfermera. Allí­ el peligro era la Malaria. También eran frecuentes los parásitos intestinales, un problema para el que acudían al curandero, pero se puede decir que prácticamente vivían permanentemente con ellos.

¿Tuviste que recurrir alguna vez a remedios locales?

Yo no tengo ni he tenido fe en ese tipo de tratamientos, pero allí­ es increíble la fe que tienen en sus curanderos. Aunque sí­ tengo que decir que en una ocasión recurrí­ a la medicina tradicional local. Los mosquitos, que eran el verdadero peligro allí­, me picaron en los tobillos y me produjeron hinchazón y una infección muy peligrosa. Eran comunes este tipo de infecciones debido a las numerosas picaduras y a la suciedad del ambiente. La enfermera trató de curarme, pero no conseguí­a que mejorara, así­ que el médico fue quien me recomendó un tratamiento que hacían las gentes de allí­. Y así­ lo hice, acudí­ a un mercado callejero donde debí­a comprar un jabón azul y unos polvos. Las condiciones del producto en el mercado no eran muy higiénicas, pero lo hice, compré el producto y seguí­ el tratamiento que me recomendaron. Y lo cierto es que mejoré rápido, y me curé por completo. No sé qué serí­a, pero funcionó. Muchos de los problemas procedían de las infraestructuras para canalizar el agua, que no era potable. Nosotros usábamos agua embotellada para prácticamente todo.

En todas partes existen supersticiones y tradiciones, me imagino que recordarás algunas curiosas.

En Guinea tení­an muchas supersticiones, y algunas tradiciones que me sorprendieron muchí­simo. Pero no les gustaba que formásemos parte de esas creencias, lo mantení­an alejado de nosotros. Por ejemplo, no les gustaba que les hiciesen fotos porque se les podí­a robar el espí­ritu o hacer brujerí­a con ellas. Aunque también para que no se viese la miseria y la pobreza. Otra curiosa creencia era que si una persona poseí­a un talento y morí­a, se podí­a obtener ese don ingiriendo la parte de su cuerpo que poseí­a el talento. Y también en la muerte tienen creencias diferentes a las nuestras. Cuando nací­a un bebe, buscaban las cualidades de otros familiares difuntos para saber de qué familiar era reencarnación.

Supongo que la situación en estos 20 años habrá cambiado.

Sí­, seguramente. Aún conservo contacto con algunas personas, y sí­ es cierto que ha cambiado, sobre todo en infraestructuras, han mejorado mucho. Y hay más escuelas, hospitales, carreteras, que antes eran caminos imposibles, pero también me cuentan que muchas cosas siguen igual. Y sobre todo la pobreza continúa, la riqueza, que existe también, sigue en manos de unos pocos.